IMAGINEROS DE LA SEMANA SANTA

DE SANTA CRUZ DE LA PALMA

   

BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS

 


 

 

Juan Abascal Fuentes

    A este artista sevillano se le debe la talla del Señor del Huerto, en la segunda mitad del presente siglo, donada por la familia Poggio.

     Cubierta con una túnica color violeta, esta expresiva talla representa a Jesús arrodillado en el Huerto de Getsemaní, con los brazos caídos y las palmas de sus manos en posición de súplica, alzando su rostro cargado de una emotividad sin límites.

     El escultor-imaginero Juan Abascal Fuentes nació en 1922, siendo en 1936 cuando empezó a estudiar dibujo y modelado en la Escuela de Artes y oficios de la capital hispalense. Tras licenciarse en Derecho en el año 1945, continuó con sus estudios artísticos en 1951, cuando ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes.

     Como otros escultores de su época, tuvo que atender numerosos encargos de carácter religioso, debido a la gran destrucción imaginera que se produjo con la Guerra Civil. Galardonado con numerosos premios, sin duda uno de los reconocimientos más importantes fue su ingreso en la sevillana Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. fue discípulo de Juan Luis Vassallo Parodi, ingresando como académico en la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla en 1971, donde impartió clases a Juan Manuel Miñarro, entre otros.

     Se muerte, ocurrida el 4 de agosto de 2003 Sevilla, a la edad de 81 años fue el culmen del olvido mediático a este hombre de reconocido prestigio que dejó como legado en Sevilla los caballos y jinetes del misterio de la Exaltación (1960), así como el Ángel del Misterio de Las Aguas (1962), varias figuras del paso de la Sagrada Entrada en Jerusalén de la Hermandad del Amor, concretamente una hebrea, un judío, una niña y dos niños, realizados entre 1976 y 1978 o la Virgen de Guadalupe, replica de la Patrona de Extremadura (1960).

     También realizó importantes obras de restauración para nuestras Hermandades, como la Virgen del Mayor Dolor y San Sebastián de Dos Hermanas o la Titular de la Hermandad de Santa Cruz. Pero su trabajo no fue sólo para la capital hispalense, para Huelva realizó el Crucificado del Perdón (1981) , para la Semana Santa de Cartagena La Condena de Jesús y El Expolio, o la Oración en el Huerto para Jaén (1969), entre otras.

     Como restaurador podemos destacar en San Fernando María Santísima del Mayor Dolor (1984), Cristo del Consuelo de Tarifa (1980), Titulares de la Hermandad de los Afligidos de San Fernando (1979) . Dentro de la escultura civil podemos destacar en Sanlúcar de Barrameda el monumento a Don Miguel de Barbadillo y en Sevilla el Monumento a Dante Alighieri, (1969), la Alegoría a Portugal (1955), los 4 leones de la Fuente de los leones (1957), y varias fuentes ornamentales y para beber, todos estos en el parque de Maria Luisa

     También de este autor es el monumento al premio Nobel de Medicina y descubridor de la penicilina, Doctor Fleming, que estaba situado en la Macarena y actualmente sin colocar tras las reformas en los jardines del Parlamento de Andalucía. Del autor también era el antiguo monolito tributo de la Ciudad de Kansas City a Sevilla, sustituido debido a su deterioro, por el actual “indio” en 1992. 

 

   

Domingo Carmona (1702-1735)

    Es autor de La Virgen de La Soledad o Virgen de Los Dolores que acompaña al Señor de La Piedra Fría el Jueves Santo y al conjunto del Calvario en la mañana del Viernes Santo.

Sin duda, la personalidad de este escultor ha de identificarse con la de Domingo Sánchez de Carmona, hermano del maestro de pintor Nicolás Sánchez Carmona.

Nació el 25 de abril de 1702, hijo de Francisco Carmona y Ana Francisca Cordero, y fue bautizado en la iglesia de El Salvador el 3 de mayo de ese mismo año, apradinado por su hermano Francisco Carmona, clérigo de menores.

Se casó el 19 de abril de 1724 con Margarita de León (1697-1735) hija de Andrés León y Ana de Paz. Vivía en la calle de Los Molinos, como su tío el cantero Francisco Sánchez Carmona y debió de gozar de una posición económica desahogada, pues sabemos que en su casa falleció en 1728, María, moza de pocos años, natural de Los Llanos y criada de Domingo Sánchez Carmona, vecino de esta ciudad en la calle de Los Molinos.

Fue hermano de la Venerable Orden Tercera (VOT), recibido en junta celebrada en 1727, así como de la Cofradía de la Santa Vera Cruz y Misericordia, ambas establecidas en el convento franciscano de Santa Cruz de La Palma.

Para la primera hizo la Santa Margarita de Cortona que los terciarios colocaron en el retablo de su capilla y para la segunda la Dolorosa que acompaña al Calvario en la procesión del Viernes Santo por la mañana.

Como hermano de la Cofradía de la Vera Cruz se halló presente en la elección de mayordomo y hermano mayor en la persona del teniente coronel don Juan Antonio Vélez y Guisla, el 7 de mayo de 1728, bajo cuya mayordomía se hizo la mencionada imagen.

Su esposa, Margarita de León, murió el 31 de julio de 1735, habiendo otorgado su testamento ante el escribano Antonio Vázquez, el 21 del mismo mes. Eligió para su sepulcro la capilla de la VOT (doña Margarita también perteneció a dicha orden), dejando su entierro y honras a la voluntad de su marido y de su cuñado, el licenciado Francisco Sánchez Carmona, cura de la parroquia de Las Nieves.

Como escultor, Domingo Carmona, artista prácticamente desconocido hasta la fecha, muestra elevada calidad técnica, de manera que maneja la gubia con soltura, a juzgar por las obras que de él se conservan. Su labor es delicada y suave; como es característico de los escultores palmeros, en los rostros, de esquema ovalado, amplia frente, barbilla prominente y redondeada – manifiesta la sugestión producida por la imaginería flamenca. Se desconoce con quien hizo aprendizaje, aunque que su maestro podría haber sido ser el pintor y escultor Bernardo Manuel de Silva, vecino del barrio de La Somada en la cercana calle del Tanque de Santa Catalina y fallecido en 1721, cuando Carmona contaba cerca de 19 años.

Su producción, hoy reducida a las dos esculturas que existen en el ex-convento franciscano, tienen como nota común el ser piezas de candelero o de vestir, en las que se usa los recursos realistas propios de la imaginería religiosa de la época, tales como la peluca y los vestidos naturales, elementos postizos destinados a conmover y excitar al pueblo mediante la sensación de que la imagen está viva y se dirige al fiel.

 

La Dolorosa (1730)

Alejada de los patrones usuales la la plástica isleña, que manifiesta habitualmente su preferencia por los tipos serenos y dulces. La imagen fue realizada por encargo de la Cofradía de la Vera Cruz, que tenía capilla propia en el convento franciscano y la Dolorosa despertó pronto la devoción popular.

           Su costo aparece reseñado en las cuentas dadas el 28 de junio de 1733 por el mayordomo don Juan Antonio Vélez y Guisla correspondientes a los años de 1729-1732 por 200 reales el coste de la virgen, 150 para Domingo Carmona y 50 en madera y clavos para hacerle en cuerpo.

 

Santa Margarita Cortona (1734)

           En opinión del desaparecido Juan Alberto Fernández García, la imagen de Santa Margarita Cortona, para el mismo convento, era obra también de Carmona.

          Ambas piezas muestran los mismos recursos dramáticos y expresivos: ojos rasgados, enrojecidos por el llanto, entrecejo marcado y frente surcada por las arrugas. La cabeza, preparada para recibir peluca natural y la carnación marfileña con finos tonos rosados en las mejillas y los ojos , son los mismos en ambos casos.

          Originariamente parecía en oración ante un crucifijo que llevaba en las manos, conforme a la vida penitente de la santa terciaria franciscana. La escultura se encuentra hoy en muy mal estado de conservación, vaciada interiormente por los ataques de los insectos xilófagos, que han producido perforaciones en el rostro y las manos.

 

Aurelio Carmona López (1826-1901)

El gallo que completa el conjunto del Señor del Perdón es de este autor palmero, seguidor de la escuela de Estévez. Fue realizado a fines del siglo XIX (neoclásico tardío).

 San Juan Evangelista, perteneciente al conjunto de El Calvario de la Parroquia de San Francisco de Asís y que procesiona también el Miércoles Santo junto a Nuestro Señor de La Caída. 

 

Nicolás De las Casas Lorenzo

     Con un número de obras sensiblemente inferior al de otros escultores palmeros de la época (como Arsenio de las Casas Martín o Marcelo Gómez de Carmona), Nicolás de las Casas Lorenzo constituye uno de los mejores escultores palmeros, cuyas creaciones acusan tendencias neoclásicas. Estilísticamente resulta bastante sencillo, acudiendo siempre a modelados suaves. Es conocido que mantuvo estrechos lazos con las familias más destacadas del contexto social de La Palma, lo que le prodigó encargos relevantes que le proporcionaron ciertos ingresos, si bien es verdad que tenía por costumbre donar las esculturas como prueba de agradecimiento ante cualquier favor recibido.

El ángel que acompaña al Señor del Huerto es obra de este autor palmero.

La imagen de La Dolorosa perteneciente al paso de El Señor de La Caída, inspirada en “La Magna” de Estévez. Fue adquirida por la Venerable Orden Tercera (orden franciscana seglar). Recibe culto desde 1.866, en un principio en la Parroquia de El Salvador.

 

Ezequiel De León.

De este autor orotavense es la talla de  El Crucificado, del paso del Calvario, de este siglo, a iniciativa de la familia García de Aguiar, desfilando por primera vez el 12 de abril de 1968.

Nuestra Señora de La Soledad (Las Nieves), este autor orotavense restauró el rostro y talló las manos, que sostienen una bien tejida corona de espinas de esta sobrecogedora talla de vestir, de túnica roja y manto azul, de finales del siglo XVII. Es de tamaño natural habiendo sido cedido el busto por la familia palmera que lo conservaba.

 

Manuel Díaz Hernández (1774-1863).

D. Manuel pertenece a la clase de hombres privilegiados por naturaleza, a los pocos hombres que aparecen de tarde en tarde sobre nuestro globo, para adorno de la especie humana, cuyo carácter ha sido constantemente hacer el bien a sus semejantes, practicando mucha filantropía y nada de egoísmo, amante de la verdad, de la paz, y muy lejos de maquinaciones rastreras que envilecen y degradan a los hombres”. Esta frase, dicha por los testigos de los procesos a los que fue sometido a causa de sus ideas liberales, nos introduce a la figura de D. Manuel Díaz Hernández, el Sr. Díaz, como lo llamaban  sus coetáneos.

 Efectivamente, el Sr. Díaz, fue un hombre de alta estima y de gran poder intelectual y humano, sin descuidar, por otro lado, su tarea al frente del magisterio eclesiástico, y su profundo interés por la mejora de la calidad de las gentes humildes. Sin embargo, esto le hizo ganarse algunas enemistades.

Le toco vivir en una sociedad que, manteniendo las estructuras básicas del Antiguo Régimen, empezaba a cuestionarse -fundamentalmente las élites intelectuales- alternativas válidas a esa situación, encontrando, lógicamente su apoyatura ideológica en el liberalismo, en la mejor tradición del pensamiento ilustrado, y de dura crítica a los sectores que propugnaban “la vuelta atrás”. Su liberalismo se consagró definitivamente el 11 de Junio de 1820 cuando, desde el púlpito de su iglesia, pronun­ció su célebre Exhorto con motivo de haberse leído y jurado la Constitución de la Monarquía española:

Falsos políticos, rencorosos fanáticos  ¡qué vergüenza para vosotros! Esos liberales a quienes tratasteis de impíos y enemigos de todo bien, esos mismos han honrado el siglo presente con una revolución, que por sabia y virtuosa, grande y sublime no cupo jamás en la idea. Y vosotros los llamados leales, que ostentabais el título de defensores de la religión y del trono, vosotros deshonrasteis el mismo siglo con una revolución que principió en Valencia el 4 de Mayo de 1814, y feneció en Cádiz el 10 de Marzo de 1820. No digo más que me lleno de horror”.

No obstante, nada más caer el gobierno constitucional, va a seguir en La Palma una verdadera caza de brujas y Manuel Díaz, como destacado liberal, lejos de escapar a tal actuación, fue, sin duda, uno de los que más sintió el peso de la ola absolutista, hasta el punto de verse obligado a abandonar su tierra y fijar su residencia en Tenerife. 

 

DATOS BIOGRÁFICOS

Como datos biográficos, apuntamos que D. Manuel Díaz Hernández nació en Santa Cruz de La Palma el 9 de Mayo de 1774, hijo de francisco Díaz Leal, natural del término de Mazo, y de Francisca Hernández Carmona. Superados sus estudios eclesiásticos obtuvo el cargo de Beneficiado de la iglesia Matriz de El Salvador el 22 de Agosto de 1800, dando principio a su ministerio parroquial en Noviembre del mismo año.

En 1817 fue nombrado Rector de la parroquia de El Salvador de La Palma. Un año más tarde fue designado vicario de dicha isla y, tras la erección del Obispado de Tenerife (1819), fue elegido canónigo de la catedral de La Laguna, cargo que no aceptó. “Me he casado con esta iglesia (El Salvador) y no quiero cambiar de esposa”. 

 

SU OBRA ARTÍSTICA: RUPTURA CON EL ANTIGUO RÉGIMEN

En la vida de Manuel Díaz no sólo confluyeron las actividades propias de su condición de sacerdote y de hombre de su tiempo preocupado por el acontecer político y social del momento histórico que le tocó vivir. Sus inquietudes iban más allá. La pintura, la escultura, la arquitectura y la música conforman un abanico artístico en donde Díaz encontró otro vehículo más en donde expresar su idea de lo nuevo, abriéndose a los aires renovadores que corrían por Europa.

Su labor, en este campo, se desarrolló tanto en La Palma como en Tenerife, distinguiéndose en ésta última en la ejecución de cortinajes fingidos (La Laguna, Tacoronte, La Orotava), pinturas a particulares, restauración de órganos, así como el diseño de la canalización del barranco de Martiánez en el Puerto de La Cruz y la desnivelación de las “aguas llamadas del Rey que se estaban conduciendo entonces a este Puerto, según consta en la pequeña biografía que de él hizo Agustín Alvarez Rixo. En ella también tenemos noticias de su habilidad e ingenio en actividades constructivas.

Pero fue, sin duda, en su isla natal y, particularmente, en su iglesia de El Salvador donde Díaz manifestó con más espectacularidad su genio como artis­ta, en gran medida en colaboración con el sacerdote y arquitecto José Joaquín Martín de Justa (1784-1824).

 Ambos fueron responsables de la incorporación de La Palma a las corrientes europeas que, en aquellos momentos estaban representadas por el neoclasicismo. La obra artística llevada a cabo por Díaz y Martín de Justa hay que analizarla bajo la óptica de la “reacción” virulenta contra lo anterior, es decir, el Barroco y la tradición artística local, cuyo mejor exponente se encuentra en las techumbres mudéjares.

A partir de 1813 se inicia la reforma de la iglesia Matriz de El Salvador, que culminará en 1840 con la construcción del retablo mayor. En esta tarea colaboró el pintor y escultor Aurelio Carmona López (1826-1901), sobrino de Díaz. Martín de Justa proyectó los cuatro retablos de las capillas laterales y el del altar mayor, que, aunque realizados en madera, imitaban con el jaspeado de la decoración la apariencia del mármol, el material predilecto del Neoclasicismo.

El aspecto de la iglesia mayor de la isla con anterioridad a la reforma era muy diferente del actual. Su interior estaba profundamente decorado con retablos y piezas escultóricas y pictóricas de distintas épocas y escuelas; altares de pintura flamenca, retablos barrocos sobre dorados, tallas en madera policromada gótico-flamenco, imaginería de escuela andaluza, óleos canarios de los siglos XVII y XVIII, etc., convivían con el alegre colorido de las techumbres moriscas. Todo ello desapareció para dejar paso a un interior domi­nado por la simetría y la elegancia de la arquitectura clásica, con la excepción de las armaduras mudejáricas de la techumbre de la iglesia, que no pudo sustituir por falta de medios económicos para afrontar este proyecto que, de lo contrario, nos hubiera privado de la mejor techumbre de par y nudillo del archipiélago.

De la producción del sr. Díaz se conservan actualmente en nuestra Semana Santa las imágenes de Los Santos Varones, que representando a los personajes bíblicos de Nicodemo y José de Arimatea procesionan en la tarde del Viernes Santo. Las imágenes de los Santos aparecen juntas, sobre las mismas andas, desde hace algunos años, y hasta hace poco salían previamente desde la ermita de San Sebastián.

Por otro lado, existía un Cristo yacente que anteriormente desfilaba por nuestras calles, que se venera actualmente en La Gomera.

La imagen del Crucificado que anteriormente procesionaba en el conjunto del Calvario, que data de 1.863 (muriendo días después de su puesta al culto), aunque más tarde el artista Aurelio Carmona López hiciera una nueva cabeza para la misma. Hoy se conserva en la Iglesia de la Encarnación.

 

SU LABOR SOCIAL Y EDUCATIVA.

Ciertamente uno de los aspectos menos conocidos, pero altamente revelador de su inquieta personalidad era su labor social, reflejada en su “Plan de Beneficencia” y su tarea en el campo educativo con el intento de introducción del método lancasteriano en las escuelas de su ciudad.

El Plan General de Beneficiencia, que Díaz redacta y eleva al ayuntamiento conjuntamente con su colaborador el Sacerdote José Joaquín Martín de Justa, consistía en un detallado memorial para el aprovechamiento de los extinguidos conventos religiosos para establecer centros de Maternidad, Socorro y hospitalidad, en los conventos de las monjas dominicas, frailes franciscanos y monjas claras respectivamente.

Por último, también destaca su labor en pro de la salud, siendo uno de los impulsores de la implantación de la vacuna contra la viruela, allá por el año 1804. 

 

SU ÚLTIMA ETAPA.

Después de su estancia en Tenerife, Manuel Díaz regresó definitivamente a su isla natal el 3 de Octubre de 1835 cuando contaba 61 años.

No obstante, la última etapa de su vida, debido a las experiencias pasadas (que quizás produjeron en él un cierto desencanto), a su avanzada edad, y a la nueva situación política, se va a caracterizar por su inactividad política, derivando más hacia una vida dominada por la tertulia, el ministerio parroquial y su infatigable amor a las artes.

Muere accidentalmente a los mismos pies de la iglesia a la que consideraba “como su propia y más amada casa” el 5 de Abril de 1863, convirtiendo su figura en un símbolo insular y especialmente en un símbolo liberal.  

Por último, una de las polémicas más agrias que aún hoy sigue enturbiando, o no, la figura de Díaz, fue su posible pertenencia a la masonería.  El emblema que adorna su estatua en la plaza principal de Santa Cruz de La Palma de nada sirve para sustentar este posible vínculo, puesto que fue erigido por iniciativa de los masones palmeros, y en particular de José García Carrillo, alcalde de Santa Cruz de La Palma, grado 33 y exvenerable de la renombrada logia Abora, 91. Al mismo tiempo, el profesor Manuel de Paz, en su libro sobre la francmasonería en Canarias, señala que “no ha sido hallada ninguna constatación documental, estando todo esto en la base de la tendencia a identificar, ya desde estos momentos, liberalismo con masonería y sociedades secretas en general, por parte de los sectores conservadores y clericales e integristas”. 

 

Fernando Estévez del Sacramento (1788-1854)

Nació en la villa de La Orotava. Fueron sus padres Juan Antonio Estévez Salas, natural de La Laguna y establecido en aquella villa con su taller de platería, y su madre María del Sacramento, natural de La Orotava. Se bautizó el 4 de marzo de 1788, por el presbítero don Fernando batista Benítez de Lugo, imponiéndosele los nombres de Fernando José Francisco Pedro de la Santísima Trinidad.

El padre de Estévez, por su profesión de platero, conocía a los frailes de San Lorenzo, orden Seráfica, al párroco de San Juan Bautista y a  los frailes de Santo Domingo. Fue en las escuelas del convento de San Francisco donde recibió educación el pequeño Fernando Estévez.

Mas adelante el joven Fernando Estévez siente inclinación por la imaginería. Su padre, que conocía algo de dibujo, le dio las primeras lecciones, mostrándose favorable a las inclinaciones de Fernando. Y como en aquellos conventos siempre había frailes con conocimientos en Bellas Artes, empezó sus enseñanzas con Fray Antonio López, tradición que recogió don Santiago Tejera en su “Biografía de Lujan Pérez”. Pronto advirtió don Antonio López, como acostumbrado a tallar, que aquel mozo estaba dotado de facultades especiales para el Arte. Esto ocurría en el año 1803.

De pronto se presentó en el Valle un escultor de fama, José Lujan Pérez, quien se encontraba en el puerto de la Orotava efectuando un trabajo. Se acordó hacer gestiones con el maestro Pérez para que lo admitiera en su taller.

Salió Estévez de la Orotava en 1805 para trasladarse a Las Palmas, donde tenía su taller Luján. Durante esta estancia en Las Palmas y al mismo tiempo que seguía las enseñanzas de Luján, estuvo matriculado como alumno en la Academia de Arquitectura fundada por el Deán Don Jerónimo Roo, natural de La Laguna, con brillantes resultados desde hacía un cuarto de siglo.

El tiempo que Estévez estuvo con Luján debió ser de tres años, considerados como suficientes para aprender imaginería. Desconocemos si Estévez hizo algo en Arquitectura, pues no conocemos ningún retablo suyo. Sí hizo talla decorativa y varias de ellas están en la Salas Capitulares del Obispado de Tenerife.

Tuvo el don, Estévez, de saber atraerse la simpatía de cuantos le conocieron, no sólo entre sus amigos y contemporáneos de la Villa, sino entre desconocidos de Santa Cruz de Tenerife y La Laguna. Era de carácter tranquilo, dulce y agradable. Vivía lejos de las violencias de un Alonso Cano.

Don Manuel Díaz Hernández, sacerdote de La Palma, de carácter semejante al de Estévez del Sacramento, vino varias veces a Tenerife y nunca dejó de hacer sus visitas a La Orotava; en su visita del año 1809 encontró a Estévez con taller abierto, y con las aficiones artísticas del sacerdote de La Palma fue suficiente para entablar relaciones con el imaginero de Tenerife y convertirse en admirador de su arte. Lo demostró aquel párroco de El Salvador en Santa Cruz de La Palma, haciéndole diversos encargos a Estévez, para su iglesia. Por medio del Señor Díaz se conoció en La Palma la valiosa producción de este imaginero de La Orotava. Don Manuel introdujo en Santa Cruz de La Palma a Fernando Estévez y lo puso de moda. Lo prueba los encargos de aquellas comunidades de Santo Domingo y San Francisco para sus templos.

 Empezó la comunidad de Santo Domingo al querer renovar el Nazareno y la Dolorosa y le encargó a Fernando Estévez estas dos obras. La imagen del Nazareno, que sale en aquella procesión, representa a Jesús con la Cruz  a cuestas subiendo el Calvario. Las manos están colocadas con naturalidad. Se advierte en esta escultura de Estévez marcada influencia de la imaginería del XVII de la Ciudad del Guadalquivir, en particular la forma y ejecución del rostro, en clásico completo.

La Dolorosa que acompaña a este Nazareno, ambos son de vestir y tamaño natural, fue encargada en 1839 a Estévez.  Son, pues, obras de su tercera época y como tales de las más estimables. La Dolorosa es comparable a las de Luján Pérez y es el mayor elogio que puede hacerse de ella. Es una señora de cuarenta y tantos años, en toda su belleza y dolor. Don Fernando Estévez se atiene a la edad asignada a María por los Evangelios, en el momento de la Pasión. Es escultura de corporeidad acusada y se aparta en esto de la Dolorosas de Luján. En esta ocasión tuvo Estévez delante un modelo y no talló guiado por dibujos o grabados sino del natural. Hay verdad y expresiva humanidad en esta Madre de Dios de Santa Cruz de La Palma, en Santo Domingo.

Este mismo convento posee de Estévez una tercera escultura de vestir y tamaño natural. Es la Virgen del Rosario. Está del lado de la Epístola. Los frailes de Santo Domingo fue la Orden que mas encargos hizo a Estévez .

En la iglesia de San Francisco de Santa Cruz de La Palma  y en la colateral de la Epístola, que tiene entrada directa desde la plaza, hay otra escultura de Estévez del Sacramento. La Orden Seráfica no quería ser menos que la de Predicadores. Es una Magdalena arrepentida, a tamaño natural y de vestir. Figura en la hornacina de un retablo donde está el Crucificado con la Dolorosa y San Juan Evangelista; cada una de estas esculturas son de manos distintas. Y no creo, como algunos críticos,  que esta Magdalena no pesa en la producción de Estévez.

Pasemos hablar de las esculturas de Estévez que Don Manuel Díaz reunió en El Salvador. Después de reconstruida la arquitectura de la cabecera y pareciéndole deficiente la Virgen del Carmen que estaba en la colateral de la Epístola, encargó una de esta advocación a Estévez. Consta que esta imagen salió del Puerto de la Cruz el 25 de junio de 1824. Está plantada con perfecta naturalidad, sobre nubes, lo que en el Archipiélago llaman “imagen de Gloria”. Tamaño natural y ropajes de lona, encolados y estofados. Tiene de alto siete cuartas. Ejecución concluida y suave. Una obra de Estévez del Sacramento de técnica intachable. Creo que la llegada a La Orotava de la Purísima de Ángelus Olivari de Génova, pesó en la realización de la Virgen del Carmen, hay marcadas influencias de Thorwaldsen en ambas obras. Tuvo Estévez ocasión de estudiar una obra original traída de Europa y trató de incorporarse este estilo.

En la capilla del Evangelio, en El Salvador, fue voluntad del señor Díaz Hernández que Estévez hiciera un grupo para ella. Se le encargó tallase el Nazareno y Las Lágrimas de San Pedro. Los datos de este encargo los dio don Antonio Rodríguez López, en sus Apuntes Biográficos de Don Manuel Díaz, La Palma, 1868.

Figuran estas obras de Estévez, entre lo mejor de su producción. Consta de la escultura del Nazareno, la costeó de su peculio Díaz Hernández. Este Nazareno es sorprendente. No volvió a hacer Estévez del Sacramento la figura de Jesús con aquella dignidad. Al tratar de tallar al Nazareno se empequeñecía, como temeroso de atreverse a representar al Hijo de Dios. Mas esta vez no dio idea de su Majestad, algo de lo que logró Martín de Andujar en su Nazareno del Realejo de Arriba, en el de Icod y en su Cristo de Garachico. En esta obra Fernando Estévez es un escultor de Sevilla, de buena calidad, y se podría adjudicar su paternidad a los continuadores de Martínez Montañés. El imaginero de La Orotava se esmeró en dejar satisfecho a su amigo Díaz Hernández. No está tratado en sentido dramático y es el punto raro de esta producción. El valor psicológico de este Nazareno reside en el dolor resignado, tranquilo y sublime. El espíritu del imaginero halló contactos con su propio yo.

Terminó don Manuel Díaz de dibujar el Sagrario para la Capilla Mayor de El Salvador, a su gusto predilecto en neoclásico. El mismo Díaz, ayudado por otros artífices, realizó aquella traza. Por tercera vez acudió a Estévez para que le tallase los ángeles que habían de colocarse a los lados del Sagrario. El 14 de junio de 1843 remitió dos de ellos y se colocaron en la festividad del Corpus Christi del citado año. Los otros ángeles los remitió Estévez con posterioridad. Se le pagaron por los cuatro dos mil cuatrocientos reales. Recuerdan los ángeles del tabernáculo de Génova en Nuestra Señora de la Concepción de La Orotava, obra de Giuseppe Gaggini. Quizá don Manuel Díaz se lo encargara a Estévez en aquel estilo.

Tras su etapa en La Palma, Estévez regresó a Tenerife y Gran Canaria, donde continuó su labor creativa.

El Real Decreto de 31 de octubre de 1849, por el cual Isabel II ordenaba la creación de Academias de Bellas Artes en las provincias de la Monarquía, ocasionó que se crease una en Santa Cruz de Tenerife. Era el momento apropiado para que don Francisco María de León y otros amigos que rodeaban a Estévez del Sacramento le apoyaran para profesor de la Escuela que le correspondía crear a la nueva Academia, pues sobrados méritos tenía para ello. El éxito coronó este empeño. Fue Estévez nombrado profesor de Dibujo Lineal y más tarde de Modelado, lo que estaba más acorde con sus facultades. Comenzó a impartir clase el 1 de octubre de 1850.

Aunque su salud estaba quebrantada continuó su labor en 1851 y 1852. En el reparto de premios, 19 de noviembre de 1853, fue el mismo Estévez quien tomó la palabra para dirigirse a sus discípulos de Dibujo.

Aún asiste al curso 1853-54, que según los documentos de la Academia de Bellas Artes no pudo terminar. Le sustituyó en los finales del mencionado curso el pintor de Santa Cruz de Tenerife don Nicolás Alfaro Brieva, nombrado interinamente.

Dos años antes, como consecuencia de su vida trabajosa y de contrariedades, la salud del escultor amenazaba ruina. Se acentuaron sus achaques con sentimiento de quienes estaban a su alrededor. Al dejar de asistir a la Academia de Bellas Artes, quien se mostraba tan firme en sus deberes, indicaba que no había remedio. Era lo inevitable. Sus amigos no lo abandonaron.

Había permanecido soltero, y no tenía parientes en La Orotava.

Fue en La Laguna. Sea que el calor de Santa Cruz le aplanaba o que algún allegado le ofreciese su casa, allí entregó su alma a Dios nuestro desgraciado escultor el 14 de agosto de 1854, quien había cumplido con dignidad su papel, mientras redoblaban las campanas de la Concepción. Sus restos descansan en el Cementerio Municipal de la Ciudad de los Adelantados, aunque ningún documento localiza dónde se hallan sus restos mortales. Humildemente pasó entre nosotros y así se marchó.

 

Andrés Falcón San José

De su mano proceden las esculturas de El Señor de La Columna y La Virgen de la Esperanza. Ambas imágenes son del siglo XX decoradas por Manuel Arrioga Beroa, y fueron encargadas en los talleres madrileños de D. Manuel Caderot.

La talla del Señor de la Columna representa la imagen del Divino Cautivo en escorzo que aparece ligeramente forzada sobre la columna, destacándose en esta escultura el buen acabado de sus pies y manos.

La Virgen de la Esperanza, obra de estilo sevillano, luce traje de raso blanco bordado en oro, con precioso manto de terciopelo de seda verde, cuya presencia en nuestra Semana Santa se debe a la generosa iniciativa de don Dionisio Duque.

La Verónica, que procesiona en la noche del Miércoles Santo con el paso del Señor de La Caída, también fue realizada por este autor en el siglo XX.

 

Marcelo Gómez Rodríguez de Carmona,  (1725-1791)

A este autor se le atribuye El Cristo de las Siete Palabras, imagen tallada y policromada de 2’20 metros de alto, con características neoclásicas mezcladas con rasgos barrocos, en una postura forzada, pero a la vez de gran expresión.

Se trata, sin duda, de la imagen que realizó en 1781 para el coronel Massieu y Salgado, patrono del oratorio de la Ermita del Señor de la Caída, que se cita en el segundo proceso inquisitorial que el escultor sufrió por blasfemia en 1.783 (el primero fue en 1.755), para la ceremonia de las “tres horas”, en principio se celebraba a esta hora, o de las “siete palabras”.

 

 

Manuel Hernández, “El Morenito” (1.756-1.815)

    

      La imagen de San Juan Evangelista que sale en la Procesión del Encuentro  se debe a este autor grancanario, conocido como discípulo de Luján Pérez, que se encargó de poner fin a dos obras que su maestro dejó inconclusas cuando le sorprendió la muerte: la Virgen del Carmen y la Virgen de los Angustias, ambas en Las Palmas de Gran Canaria.

 

 

Benito Hita y Castillo, (1714-1784).

A pesar de la valía artística de este autor (también conocido por Hita del Castillo), poco se conoce sobre el mismo.

La imagen del Señor de la Caída, fechada en 1.752, y sobre todo, la "expresión dolorida de su rostro, la actitud humillada del cuerpo, con la mano izquierda apoyada en el suelo, y los hombros cargados con el peso de la cruz", denota, en opinión de HERNÁNDEZ PERERA (1955), la influencia de la escuela de Pedro Roldán, con bastantes recuerdos de Juan de Mesa.

 En efecto, Hita y Castillo participó del apogeo del barroco en el siglo XVII con el taller de Pedro Roldán, donde su hija, María Luisa Roldán, conocida por “La Roldana”, destaca sobremanera. También se conoce que fue discípulo del imaginero gaditano, José Montes de Oca.

De los datos que se conocen se sabe que Benito de Hita y Castillo nació en Sevilla en 1714 y vivió en la feligresía de San Juan de La Palma, frente a cuya iglesia residió. Se casó con Beatriz Gutiérrez y más tarde, en segundas nupcias con Josefa García de Marta, falleciendo en 1784.

Aunque se perdieron los ángeles que  contrató en 1763 para el paso del Cristo del Silencio, y el grupo de La Virgen de las Maravillas con el Niño Jesús y San Juanito, quemado en 1936, en la iglesia hispalense de San Juan de La Palma quedan obras suyas como el candelero (no el rostro) de la Virgen de La Amargura (1763) y el San Juan Evangelista (se cree en torno a 1760).

 También aparecen como obras de este autor las que integran el retablo de la capilla sacramental de la iglesia de Santa Catalina, una Inmaculada Concepción, San Juan Nepomuceno, Santo Tomás de Aquino y los cuatro Evangelistas, contratadas en 1748 junto con el retablo, original del esamblador y escultor Felipe del Castillo.

 No obstante, existen todavía lagunas en el catálogo de obras realizadas por este autor sevillano, entre ellas la Virgen de la Macarena (de la iglesia de San Gil) , obra que se suponía de Pedro Roldán.

A este catálogo hay que añadir las existentes en la isla de La Palma, entre ellas la imagen del Señor de La Caída.

La imagen del Señor de La Caída es de vestir y sólo tiene tallados cabeza, manos y pies, aparte de la cruz, como era frecuente en el siglo XVIII. Al mismo tiempo, se han intensificado los efectos realistas, mediante la utilización de postizos, como ojos de cristal, vestidos y cuerdas, corona de espinas natural,... La boca entreabierta, exhalando un quejido, los ojos pronunciados, los pómulos salientes y el entrecejo marcado expresando fuerte dolor. El resultado es la sensación de que la imagen está viva y que se dirige al fiel. Lleva potencias de plata y túnica de terciopelo rojo bordada en oro.

     La llegada de la imagen a la isla se debe a los estrechos vínculos que unieron a la poderosa familia Massieu con la capital andaluza. Dicha familia quedó tan agradecida por la obra realizada por Hita del Castillo que no dudó en realizarle más encargos al autor.

     Entre estos cabe destacar las esculturas del oratorio familiar de los Massieu: San José con el Niño y la Inmaculada, en 1758 y un Niño triunfante sobre el mundo en 1759. La primera se conserva en el Museo de Arte Sacro de Los Llanos de Aridane y las segundas en Santa Cruz de Tenerife.

     Posteriormente don Felipe Manuel Massieu obsequió a la parroquia de Puntallana con las imágenes de San Miguel Arcángel y San Antonio de Padua, firmadas igualmente por Hita y Castillo bajo la peana en 1773. De la misma fecha es la Virgen del Carmen de la Iglesia de Barlovento, también firmada bajo la peana por el mismo autor.

    En la isla se conservan otras cuatro piezas del mismo escultor: San Juan Nepomuceno del coro bajo de la parroquia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma, el San José con el Niño de la misma iglesia, otro propiedad particular de la familia Castillo Olivares y Sotomayor (Argual), semejante el del Museo Sacro de Los Llanos, y San Miguel batiendo al demonio, existente en la casa parroquial de Breña Baja.

 

Ntra. Sra. de la Luz de la Pasión, imagen de candelero o de vestir, cuya cabeza y manos están delicadamente talladas en madera de cedro. Mide 1,75, es decir, de canon tomado del natural. Los ojos, al igual que toda la imagen , están policromados al óleo, con sus pestañas postizas y unas lágrimas de cristal que resbalan por sus mejillas. El pelo, labrado en la misma madera, aunque no es posible verlo en su totalidad, es digno de mención, dada la exquisitez con que está ejecutado.

   Fue realizada por el escultor palmero Pedro Miguel Rodríguez Perdomo en el año 1995. Su estilo es barroco y además una mezcla entre el gusto canario y el sevillano, hecho producido por la estancia y perfeccionamiento que el autor de la talla obtuvo en el taller del célebre imaginero sevillano Antonio Dubé de Luque.

   Su rostro expresa el momento angustioso y a la vez doloroso de la Madre del Redentor, al contemplar como es despojado su hijo de sus vestiduras y es preparado para ser crucificado. Dirige su mirada hacia el lado izquierdo, con gesto de desconsuelo. En su mano izquierda toma su pañuelo que ha de enjugar sus benditas lágrimas y en la derecha porta un Rosario, símbolo que nos indica que la Corredentora del mundo está pasando por sus misterios dolorosos.

    Fue bendecida el 12 de abril de 1995, miércoles santo, por el cura párroco de San Francisco, D. Juan Pérez Álvarez y su primer desfile procesional lo realizó al día siguiente en la noche del Jueves Santo.

 

 

Francisco Palma Burgos (1918-1985)

El Cristo del Clavo es obra de este autor malagueño y desfilo por primera vez en 1985. Este Cristo, de casi dos metros de longitud, lo talla en su taller de Viterbo (Italia) y empleó como materia madera de cedro del Sinaí.

En opinión de Andrés Moreno Silés, “hay algo especial en este Cristo, que lo distingue de los demás clásicos yacentes; los pies continúan unidos por un clavo. Parece que el escultor ha querido indi­car la permanencia de Cristo en la Tierra: ¡Clavado a ella!”.

 

 

El Señor de La Piedra Fría, por su aspecto sereno, tan propio de la sensibilidad indígena, la policromía en forma de chorros de sangre que resbalan por todo el cuerpo, los sencillos pliegues del paño de pureza y el poco estudio anatómico del cuerpo, nos remiten a la imaginería mejicana (durante el siglo XVI y parte del XVII, la producción escultórica mejicano, siempre ceñida a temas pasionarios, es la única que tiene representación en el archipiélago canario).

    El carácter goticista del Señor de la Piedra Fría induce a fechar la pieza hacia el final de la primera etapa de la cultura virreino novo hispana, desde 1521 hasta 1550, en lo que, dominando las formas arcaizantes y medievalistas, las figuras parecen copiadas por los artistas indios de estampas góticas.

   Originariamente la imagen recibía culto en el altar mayor del templo del Hospital de Nuestro Señora de los Dolores, apareciendo inventariada por primera vez en 1603. El traslado de la imagen a la Iglesia del Convento de San Francisco data de 1.830, donde se encuentra actualmente.

    El grupo de “La Piedad” que procesiona desde la Ermita del Hospital de Dolores, es una talla policromada de estilo flamenco del siglo XVI (probablemente de finales de ese siglo, dado que responde a nuevos esquemas impuestos a partir del Renacimiento: la Virgen arrodillada sostiene el cuerpo muerto del Hijo). Inventariada desde 1.603, a partir de 1.610 se la colocó en un tabernáculo que desde Sevilla había enviado Pedro de Urbina.

    Unos años más tarde -entre 1.634 y 1.655- el escultor y dorador donostiarra Antonio de Orbarán (figura cumbre de la primera generación de escultores barrocos canarios, que se estableció en La Palma casi sin interrupción desde 1.625 hasta aproximadamente 1660, que moriría en 1671) la “aderezó”, ocupando más tarde uno de los nichos laterales del altar mayor, cuyo retablo presidía el Cristo de la Salud (hoy en Los Llanos de Aridane).

    La talla hay que cubrirla con manto negro en el momento de la procesión por no ser obra acabada para ello, sino solamente para retablo. En el siglo XVIII la expresión de su cara fue modificada, de forma no muy brillante -entienden los críticos-, por Domingo Carmona. A finales del mismo siglo se le añadió una magnifica cruz de plata repujada, atribuida a Salvador Luján. Del origen de la escultura no se tienen noticias con­cretas, aunque dice la tradición que fue encontrada en la desembocadura del barranco de su nombre cuando aconteció el Cisma de Inglaterra.

 

    El conjunto del Santísimo Cristo del Amparo pertenece a esquemas gótico-flamencos del siglo XVI, y es la máxima expresión de este arte en Canarias, junta con el retablo escultórico de la Parroquia de San Juan, en Telde, y es el Calvario de este arte más relevante de España.

    Grupo del mismo nombre, constituido por un Crucificado, La Dolorosa y San Juan. Los dos últimos pertenecían a la Ermita del Planto y son obras de mediados del siglo XVI, quizá de la Escuela de Amberes, regresando al Santuario en 1 972.

    Al Crucificado se le menciona desde 1603 como “Cristo de la Expiración”, y ya desde 1777 se le califica como “Santísimo Cristo del Amparo”. Estilísticamente, este Cristo supone una réplica -es algo más tardío- del interesante Cristo de Los Mulatos que forma parte del Calvario en la Iglesia de El Salvador, que se ha catalogado como del primer tercio del siglo XVI, aunque es difícil discernir si su procedencia original es Flandes o el medio flamenco sevillano, pues con ambos comparte características (Gloria Rodríguez, 1985). Este Crucificado, concebido dentro de un espíritu gótico, muestra una suavidad de modelado y uno esbeltez de pro­porciones que nos hacen pensar en las imágenes salidas de los talleres de los Países Bajos meridionales -acaso de Malinas- en el segundo tercio del siglo XVI.

    Maria, siguiendo su iconografía habitual, presenta su corazón atravesado por la espada de dolor, según refiere la profecía de Simeón, mientras que a Juan se le representó joven e imberbe.

 

  • AMADOR MARRERO, P. y PÉREZ MORERA, J.  (2000). El Cristo de La Caída de Santa Cruz de La Palma: recuperación del legado andaluz en Canarias (IV). Revista de Imaginería, Año VII, nº 25, pp.2-5
  • GONZALEZ LUQUE, L. (1990): Manuel Díaz Hernández (1774-1863): semblanza de un católico liberal, La Graja, nº 3, La Laguna, pp. 30-36.
  • HERNÁNDEZ PERERA, J. (1958). Un Cristo de Hita y Castillo en Santa Cruz de La Palma, Archivo Español de Arte, nº 122, Madrid, pp. 146-148
  • RODRÍGUEZ, G. (1985). La iglesia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma. Madrid.
  • RODRÍGUEZ LÓPEZ, A. (1868). Apuntes Biográficas de D. Manuel Díaz. Santa Cruz de La Palma.
  • PAZ SÁNCHEZ, M. Historia de la francmasonería en Canarias (1739-1936), Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria.
  • PÉREZ GARCÍA, J. “Martin de Justa, sacerdote y arquitecto. El neoclásico en La Palma”, en Homenaje a Juan Régulo.
  • PÉREZ MORERA,  J. (1993): Arte y Sociedad en La Palma durante el antiguo régimen (1600-1773). Tesis doctoral inédita. Departamento de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna.
  • TARQUIS RODRÍGUEZ, P. “Anuario de Estudios Atlánticos”.
  • Varios. (año 1998 en adelante). Programa de la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma.  Excmo. Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma y Excmo. Cabildo Insular de La Palma.

 

          © www.cofradiadelapasion.com